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Ah, la justicia, ese noble ideal que, en teoría, garantiza la equidad y el orden en nuestras sociedades. Esa dama con los ojos vendados y la balanza en mano, siempre imparcial, incorruptible. Qué imagen tan inspiradora... si sólo fuera verdad. La realidad, por desgracia, se parece mucho más a un espectáculo de circo, donde la verdadera magia está en cómo el más poderoso consigue hacer desaparecer las consecuencias de sus actos, mientras el resto, en las gradas, observamos incrédulos.
Parece ser que la ceguera de la justicia no es tanto una cuestión de imparcialidad, sino una cuestión de conveniencia. ¿Cómo es posible, me pregunto, que el sistema legal de un país como Estados Unidos —supuestamente uno de los más avanzados del mundo— pueda funcionar como una suerte de partida de ajedrez, donde la victoria depende más de la cantidad de piezas (léase: dinero) que tengas en el tablero, que de tu habilidad o, peor aún, de si realmente tienes razón? Porque si algo parece haberse convertido en una norma es que los procesos judiciales pueden prolongarse hasta el infinito y más allá, siempre que tengas los bolsillos lo suficientemente profundos como para resistir. Justicia dilatada es, efectivamente, justicia denegada, o al menos, reservada para aquellos con la suficiente paciencia y recursos.
Por supuesto, no vamos a negar que el sistema judicial tiene sus luces. Hay jueces íntegros, abogados valientes y causas justas. Pero hay que admitir que estos elementos parecen brillar, no porque el sistema funcione, sino casi a pesar de él. Es como encontrarse una flor en medio del desierto; apreciamos su belleza porque sabemos lo raro que es verla.
El verdadero problema no es tanto la incompetencia, que a veces se disfraza de burocracia, sino la simple y llana falta de acceso a la justicia para quienes no pueden costearla. Como si la igualdad ante la ley fuera un privilegio reservado solo a aquellos que puedan pagarla. Y es que el sistema no solo favorece a los ricos; parece diseñado para su conveniencia. Puedes permitirte abogados caros que dominan el arte de la dilación, mientras la otra parte se desgasta esperando un veredicto que nunca llega o que llega tarde, muy tarde.
Ironía de ironías, el sistema judicial estadounidense —y no es el único— ha conseguido pervertir su propio principio fundamental. En lugar de garantizar justicia rápida y equitativa, ha creado una mecánica que recompensa al que más puede resistir económicamente. Así, lo que debería ser un proceso de resolución de conflictos se transforma en una prueba de resistencia donde la "justicia" se entrega al último en pie. O al menos, al último con suficiente dinero para seguir pagando abogados.
No podemos dejar de lado, por supuesto, el sutil arte del acuerdo extrajudicial, ese gran comodín del que disponen las grandes corporaciones y personalidades cuando las cosas se ponen feas. ¿Realmente alguien cree que estos acuerdos son siempre justos? Claro, es mucho más cómodo y menos costoso llegar a un acuerdo detrás de puertas cerradas que arriesgarse a que la verdad salga a la luz en un juicio público. Justicia rápida, sí, pero a menudo a costa de ocultar la verdad.
Entonces, ¿qué hacemos con esta situación? ¿Deberíamos simplemente aceptar que la justicia nunca será justa para todos? ¿Deberíamos conformarnos con saber que aquellos con recursos siempre estarán mejor posicionados? O tal vez, deberíamos empezar a pensar en un sistema que realmente funcione para todos, sin importar su nivel de ingresos. Porque, al final, la justicia debería ser un derecho, no un lujo.
Hasta entonces, seguiremos con el espectáculo, observando cómo algunos juegan la partida con más piezas en su tablero, mientras otros solo pueden mirar desde las gradas y esperar, con suerte, un milagro. Porque en este juego, todos sabemos que no siempre gana el que tiene la razón, sino el que puede permitirse seguir jugando.
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